LA REPRESA
Al pie del camino al estadio cabanista en el barrio de pacchamaca brota de las entrañas de la tierra gran cantidad de cristalina agua que canalizada a través de dos cánulas se vierte en dos tinajas de cemento; de allí los pobladores de pacchamaca se abastecían de agua limpia para beber antes que el pueblo cuente con agua potable; durante todo el día mujeres y niños lo frecuentaban para lavar la ropa de su prole, para lavar el mote recién pelado, para lavar las vísceras de chanchos y carneros que se mataban para los quehaceres o simplemente acudían para comentar con las lavanderas las últimas noticias que circulaban en el pueblo.
Después de un vibrante partido de fútbol macho, los jóvenes solíamos desplazar momentáneamente a las lavanderas para calmar la sed y darnos un buen baño.
La represa se llamaba pues a un área de terreno donde emerge una buena cantidad de agua que bebían los cabanistas y lo usaban para actividades domesticas complementarias; el caudal sobrante se acumulaba en una poza para regar las siembras de carvalle, aracabo y puchumalca, la represa estaba rodeada de shíraques donde secaban su ropa las lavanderas; el fondo del pozo estaba cubierto de sedimento lodoso donde crecía berros y otras plantas acuáticas por donde, en las tardes y las madrugadas, aparecían y desaparecían con sus característicos cantos las patilargas gallaretas.
Mientras las madres lavaban, los hijos pequeños, sin zapatos, se metían al agua y también al pantano y las acequias adyacentes a perseguir las gallaretas o jugando las escondidas saltaban las pircas y trepaban los alisos que abundan en este bello paraje.
La belleza natural parece incomodar a las autoridades que so pretexto de modernizar el pueblo usurparon esta pequeña área de terreno donde las mujeres del barrio de pacchamaca se congregaban para realizar sus actividades domésticas y los niños para jugar, en suma este punto de socialización cabanista fue arrebatado por la municipalidad y en este lugar construyeron una piscina que desde su construcción no ha servido para nada.
Conservemos lo tradicional, si se quiere hacer algo moderno debe escogerse un lugar que no destruya el pasado lleno de bellos recuerdos.
jueves, 22 de octubre de 2009
miércoles, 21 de octubre de 2009
EL COCHE
EL CHANCHO O COCHE
El chancho vino del viejo continente, junto a otros animales llegó a estas ricas y nuevas tierras viajando en carabelas, entre pólvora y pertrechos con hombres fieros, aventureros y temerarios, que solo confiaban en la potencia de sus puños y en el filo de sus espadas.
Una vez en tierra americana avanzó junto a los invasores y se fue instalando en todos los hogares, con un espacio propio en una parte del patio o en un pesebre cerca de la casa, era el famoso chiquero, allí protegido de las inclemencias comía y dormía.
En cabana se quedó bautizado como coche y nuestro coche cabanista es un gran chancho, no es grandazo, coloradote, gringo; por que esos son chanchos zonzos, enfermos, artificiales, nuestro cochecito es alegre, juguetón, de color acochinado y rabito retozón, vive feliz chapoteando el lodo del chiquero y los desperdicios en la artesa o batea, gruñe osando en chacras y manantiales.
Cuando ya está grandecito empieza la ceba, ya no sale a la chacra se dedica solamente a comer; durante el día devoran celemines de cebada y maiz adicional a su ración de caldo y desperdicios de la cocina..
Después de cada comida nos gustaba rascarle la barriga y el lo disfrutaba, se echaba en el suelo y roncando se daba la siesta, sin sospechar la suerte que lo deparaba.
Cuando ya estaba gordiflón, cuando hasta los ojos se le perdían tras los párpados y ya no podía ni levantarse, comía echado, era un verdadero cebón y los cuchillos se afilaban.
El día escogido para el sacrificio se le engañaba rascando la barriga hasta amarrarlo de pies y manos y luego se le clavaba la puñalada; pero cuando ese día llegaba toda la vecindad se enteraba, alertada por los gruñidos primero y mas tarde por el aroma a chicharrones que inundaba el barrio, era una bonita costumbre compartir con vecinos y familiares el pecho en el almuerzo y los chicharrones con mote y salsa criolla en la tarde.
Este ser de carne sabrosa, elogiado por grandes poetas en todos los idiomas forma parte de nuestra cultura, su grasa o manteca daba sabor a nuestra semita, a nuestro pan, reventaba nuestra cancha y frejol o ñuña y realzaba el graneado de mote de trigo; sus agradables chicharrones y sus jamones al horno nos han hecho conocer la delicia.
El chancho vino del viejo continente, junto a otros animales llegó a estas ricas y nuevas tierras viajando en carabelas, entre pólvora y pertrechos con hombres fieros, aventureros y temerarios, que solo confiaban en la potencia de sus puños y en el filo de sus espadas.
Una vez en tierra americana avanzó junto a los invasores y se fue instalando en todos los hogares, con un espacio propio en una parte del patio o en un pesebre cerca de la casa, era el famoso chiquero, allí protegido de las inclemencias comía y dormía.
En cabana se quedó bautizado como coche y nuestro coche cabanista es un gran chancho, no es grandazo, coloradote, gringo; por que esos son chanchos zonzos, enfermos, artificiales, nuestro cochecito es alegre, juguetón, de color acochinado y rabito retozón, vive feliz chapoteando el lodo del chiquero y los desperdicios en la artesa o batea, gruñe osando en chacras y manantiales.
Cuando ya está grandecito empieza la ceba, ya no sale a la chacra se dedica solamente a comer; durante el día devoran celemines de cebada y maiz adicional a su ración de caldo y desperdicios de la cocina..
Después de cada comida nos gustaba rascarle la barriga y el lo disfrutaba, se echaba en el suelo y roncando se daba la siesta, sin sospechar la suerte que lo deparaba.
Cuando ya estaba gordiflón, cuando hasta los ojos se le perdían tras los párpados y ya no podía ni levantarse, comía echado, era un verdadero cebón y los cuchillos se afilaban.
El día escogido para el sacrificio se le engañaba rascando la barriga hasta amarrarlo de pies y manos y luego se le clavaba la puñalada; pero cuando ese día llegaba toda la vecindad se enteraba, alertada por los gruñidos primero y mas tarde por el aroma a chicharrones que inundaba el barrio, era una bonita costumbre compartir con vecinos y familiares el pecho en el almuerzo y los chicharrones con mote y salsa criolla en la tarde.
Este ser de carne sabrosa, elogiado por grandes poetas en todos los idiomas forma parte de nuestra cultura, su grasa o manteca daba sabor a nuestra semita, a nuestro pan, reventaba nuestra cancha y frejol o ñuña y realzaba el graneado de mote de trigo; sus agradables chicharrones y sus jamones al horno nos han hecho conocer la delicia.
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